La exposición, que exhibe una colección de 27 obras (34 fotografías y retratos en blanco y negro), es solo una parte de la realidad que la fotógrafa española se encontró a principios de esta década en la capital congoleña: mujeres víctimas de abusos sexuales y violaciones en un lugar donde no se reconocen los derechos humanos, y mucho menos entre la población más vulnerable. A lo que hay que añadir las violaciones a menores, las mujeres utilizadas como arma de guerra, el tráfico de fármacos, la elevada tasa de analfabetismo y las creencias que convierten a las personas que sufren enfermedades mentales en seres embrujados. Todo ello en un contexto bélico, clasista y represor; en definitiva, un panorama desesperanzador para las víctimas.